Incredulidad

Shostakovich sabía que hacer arte sobre y de la muerte “equivalía a limpiarse la nariz”. Cuando el escultor Ilya Slonim le esculpió un busto, el resultado no gustó al Comité Soviético de las Artes. “Lo que necesitamos”, dijo el apparatchik al escultor (y por extensión, al compositor) “es un Shostakovich optimista”. Al músico le encantaba repetir este oxímoron.

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Stravinski fue a ver el cadáver de Ravel antes de que lo metieran en el féretro. Yacía sobre una mesa cubierta con una tela negra. Todo era blanco y negro: traje negro, guantes blancos, turbante blanco del hospital todavía alrededor de la cabeza, arrugas negras en una cara muy pálida que tenía una expresión “de gran majestad”. Ahí terminaba la grandeza de la muerte.
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Siempre podemos elegir el conocimiento en vez de la ignorancia; preferir ser conscientes de que nos estamos muriendo; confiar en que tendremos la mejor muerte posible, la de una mente serena que observa un declive gradual, quizá con un dedo volteriano sobre el pulso que se debilita.
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Durante su encarcelamiento en las cárceles franquistas, Koestler observó en la celda de los condenados que ni siquiera oyendo el sonido de los disparos que matan a amigos y camaradas se cree en la propia muerte. “La incredulidad ante tu propia muerte crece en proporción a su proximidad” -dijo.
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Dos decenios antes, en “Consideraciones sobre la guerra y la muerte”, Freud había escrito: “Es, en efecto, imposible imaginar nuestra propia muerte; y siempre que lo intentamos advertimos que de hecho seguimos estando presentes como espectadores.”
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Montaigne no murió, como había soñado, plantando su parcela de coles. La muerte le sobrevino a este escéptico y epicúreo, al deísta tolerante, al escritor de curiosidad y ciencia inagotables, mientras se celebraba misa en su dormitorio: en el momento exacto (eso dijeron) de la elevación de la hostia.