Todos a casa

 

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Un truco estupendo para pasar por intelectual, incluso profundo, es escoger un tema o asunto que no es polémico y por el que nadie está dispuesto a polemizar. O sea, inane. Pero te tiras sobre él como si fuera evidente que se trata de uno de los graves peligros que nos acechan a todos y que, de no hacerte caso, vamos a acabar muy mal. Sirva un ejemplo: “No se debería obligar a los niños a leer El Quijote”.

Juro que mi primera lectura del clásico fue en la infancia y puedo decir que no me afectó el cerebro ni el gusto por leer.

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Los pintores y escultores (la gente que sigue poniendo colores sobre un lienzo con cierto orden o añade pellizcos de barro a la figura en marcha) escucha mucha música. Va en la cantidad de horas que pasan solos.

No podría decir la enormidad de tiempo transcurrido escuchando música mientras dibujaba o pintaba. Superado el sarampión adolescente la música que me gusta oír es la que llaman clásica. No puedo concentrarme adecuadamente con música ruidosa y eso incluye las sinfonías, así que acostumbro poner música para piano, de cámara y –me gusta mucho– música vocal. La condición es que me agrade, cree un clima recogido en el estudio y no me distraiga pero, con objeto de desengrasar de vez en cuando, pongo algo de música ligera.

Hace unos días compré un disco de Chavela de los grabados cuando tenía voz y era capaz de afinar. Así la recordaba yo y no con esa penosa voz con la que llegó a la vejez. En su juventud cantaba al límite, justo en ese lugar donde sólo están cómodos los superdotados. Y cuando piensas que no puede ir más allá todavía era capaz de sacar un rajo, un drama a pleno pulmón, de los que te dejan acogotado.

Pues bien, una de las canciones es La Macorina. Cómo no pensar en el pobre CP y su inesperado suicidio. En el piso de la calle Doctor Esquerdo donde vivía en comuna libertaria fue donde la escuché por primera vez.

Resulta que Macorina fue un ser de carne y hueso, una mujer cubana mulata de negro y china, de una belleza hipoquitante. Hubo historia y salió la copla. Chavela usó un poema de Alfonso Camín y añadió la conocida mano.

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Cuanto más extensa es la paleta de un pintor más trabajo le cuesta dar con el tono y la afinación.

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La inteligencia habitual del soldado italiano, entendida como habilidad para salvar la vida. Cuando los Aliados atacaron las playas de Sicilia había pocos soldados alemanes a causa de la bonita historia del hombre que nunca existió, que les hizo creer que la invasión sería por el Peloponeso y los Balcanes. Guardaban la costa los propios italianos que, en cuanto vieron la que se les venía encima optaron por poner pies en polvorosa o quitarse el uniforme y hacerse pasar por labriegos. El disimulo fue tal que uno de aquellos soldados se quedó en calzoncillos y fingió estar tomando el sol en la playa. No le sirvió y fue capturado pero salvó la vida.

Cómo no recordar aquella película protagonizada por Alberto Sordi en la que unos soldados intentan volver a sus casas y de una cuneta surge un soldado alemán desarmado. El susto de Sordi, y el consiguiente cabreo, son para verlos.