Agotar la cabeza

 

 

Ya estoy cansado de este personaje que imaginé hace años y en el que hay mucho de la persona que escribe. Tanto como la escritura permite mientras oculta.

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Los artistas suelen cansarse de sí mismos. El pintor Z. lo resolvía yendo a unos grandes almacenes a comprar bolígrafos. El pintor A. diciendo lo contrario de lo que dijo dos años atrás, o matizándolo tanto que resulta en negación. Sólo conozco dos excepciones: Picasso y su entusiasmo por las repeticiones y los Rolling Stones, que no parecen aburrirse de hacer lo mismo que vienen haciendo desde que, quien escribe, iba al colegio.

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Vivo tiempo de cambio e incertidumbres, inmerso en problemas que me desbordan y cuya solución no está a mi alcance. Es lo que tiene no haber sabido apreciar el poder inmenso que posee un político con la llave del BOE en la mano. Ríete de los magos porque éste sí que puede cambiar la realidad a su antojo y, con ella, la vida de muchas personas.

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Apareció, la dábamos por perdida y salió metida en su funda. Su origen es el hijo del escritor T. que se la regaló a L. cuando se pudo comprar otra mejor. Es una chicharrita, mala como demonio, pero suena. Le abrí las tripas y era todavía peor: ni aislada, así metía esos zumbidos. He hecho el trabajo que no hizo en su día el chino poniendo aislante y comenzó a sonar razonable. El mástil curvado, imposible: a desmontar. Las pastillas son tan bastas que, ahora que están libres de zumbidos, me parecen unas vintage cincuenteras y estupendas. Hay que cambiar cables, son de risa y la mayoría no van soldados a sus respectivos bornes sino encintados. Unos cables mejores y un poco de estaño harán maravillas.

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Amenazan con levantar otro falso histórico en la plaza de los Moritos, en todo lo alto de la ciudad antigua. Ya tenemos unos cuantos aunque no tantos como Cáceres, que es casi un falso histórico toda ella.

No nos hace falta, no va a incrementar ni hacer más agradables las visitas pero así se cambian las ciudades, a peor. Aquí salta un mecenas, que no pone dinero salvo para el proyecto arquitectónico, un fuerzaviva que –como el personaje de Gila– toca de oído y no se deja aconsejar y una fundación privada que no pone fondos para suplir la iniciativa pública sino que los recibe. El mecenas pregunta y el fuerzaviva no aconsejado –o mal aconsejado– propone un tema que suena estupendo para los intereses de la fundación, que es propietaria de unas casitas en ruinas de las que no quiso o pudo acordarse. La ñapa es atroz pero ha ganado el concurso y ahora se trata de que el alcalde procure fondos para llevarla a cabo. Fondos que estarían mucho mejor empleados, de conseguirlos, en asuntos de más calado y urgencia para la ciudad.

No perturbes el sueño de los muertos: cuida las ruinas, adecenta, protege, conserva.

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Me suelta una cita oriental en mitad de la conversación: si quieres ser un maestro haz mil origami. Si haces atentamente mil veces la misma cosa puedes hacerla con los ojos cerrados, está claro. La práctica hace oficio y sin él no es posible alcanzar la maestría. Es el cerebro quien lleva la mano y ésta lleva al cerebro. No hay separación, todo es cerebro y todo es mano. Adiestrando la mano obligas al cerebro a pensar como mano y a la mano a sentir como cerebro.

Hay un movimiento curioso a favor de dibujar con el lado contrario del cerebro, es decir: con la mano izquierda si eres diestro. Hice el experimento y gasté un cuaderno ensayando. Al principio es un desastre porque no es fácil dejar fluir, la experiencia se interpone y aparecen todas las censuras. Pero funciona y resulta pasmoso ver la certeza con que la parte intuitiva del cerebro –esa que nos permite tomar una decisión antes de que la razón intervenga y nos lleva al fracaso cuando no le obedecemos– es capaz de trazar líneas seguras y exactas de proporción.

No hay magia ni extrañeza, es el mismo mecanismo del tiro instintivo, el que regula el balonazo a gol o la pedrada certera. Funciona si no apuntas, esto es: si no piensas y logras desvincular por completo la estimación racional.

En realidad cuando se dibuja o pinta y ya no hacen falta medidas racionales, salvo en situaciones muy complejas –el escorzo, por ejemplo–, la racionalidad está ausente la mayor parte del tiempo. Esa parte del cerebro anda distraída pensando en la música que suena o en cosas por completo ajenas a lo que estás haciendo.

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El trabajo de pintar es tan duro, agota de tal manera la cabeza, que el pintor debe pasar por etapas y situaciones en las que descansar de sí mismo. No creas que hay más artistas locos que los estrictamente diagnosticados: la mayoría se lo hacen. Los falsos como postura, para hacerse visibles. Los de verdad porque corren riesgo si no descansan. No sabes lo que es levantarte cada mañana y tener que ser tú mismo, al nivel de exigencia que resulta imprescindible para sacar de ti algo que pueda ser una obra de arte. En cierta medida es una maldición de la que sólo puedes escapar disfrazándote.

 

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